Herida que no cierra. Odio macerado. Plato con sabor amargo y rancio. Una piedra que aplasta el alma humana.

Oxida todo a su paso hasta corroer los más nobles sentimientos.

Con paso acelerado puede encontrar el camino al corazón y desarmarlo pieza por pieza hasta dejarlo inerte, gélido, petrificado.

No entiende razones. No puede. No quiere. Muere ahogado en su rabia y agoniza víctima de su traición. Destila veneno de oscura mirada, paralizado por ya no sabe qué.

No hay perdón, no hay olvido: solo un desierto de arena negra, espejo de su propia oscuridad.

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E8BE2E27-C87F-45B6-9F8C-60329FB6AE7D.jpegRegreso a las carreteras de la mente pero esta vez como oficinista que llega tarde.

Por la ventanilla y a toda velocidad pasan los paisajes, los escenarios, los extras, las penas, alegrías, los olvidos.

Se hace tarde. Pero: para qué? Miro con atención a ver si pero no está ahí. Un semáforo rojo detiene la marcha y levanto el pie del acelerador. Espero con ansiedad infinita que llegue el verde. Los minutos parecen años. Por fin verde y acelerador a fondo. A ambos lados de la ruta vuelan fotografías de mi vida: niño, joven, hombre, adulto, anciano, hijo, novio, padre, abuelo, hijo, niño. Niño, niño…. Sí! Ahí está. Lo puedo ver a lo lejos, en esa curva cerrada donde se esconde aquel jacarandá de flores lila intenso.

Tenía una cita con aquel niño que fuí y que busco,sin suerte, por años. Él estaba ahí,con sus medias tres cuartos y su pantalón corto. El mechón rubio y la cara llena de sol. La pelota en sus manos y esa expresión de recreo en los ojos. El auto frena de golpe, justo en la curva.

Lo perdoné. Le dí un abrazo fuerte como ese que recibí de mi abuelo una vez . Un abrazo infinito que terminó en llanto, en alegría. Te perdono- dije. Estoy muy orgulloso de vos.

Con su mirada infinita sonrió y se prendió de mi cintura sin soltarme. Gracias!- me dijo. Y un peso gigante que llevaba en la espalda cayó y la tierra tembló entera.

Se despidió de mí moviendo su mano derecha y mirándome fijo por encima de su pequeño hombro. Y después corrió hacia el horizonte , pateando su pelota, hasta que lo perdí de vista.

Ahora el viaje de regreso por la misma autopista de la mente. La misma pero distinta. Algo había cambiado. Había cambiado todo.

Una comida caliente. Una mano que se extiende. El encuentro de miradas después de la nada. Las buenas noticias. Esa llamada justo a tiempo. El amor hechicero que cura las heridas. La oportunidad que aparece y la suerte que acompaña. Esa flor de un día que todos admiran. La sonrisa de un hijo después de la fiebre. Llegar a casa cada día. El abrazo inesperado. Un pedacito de sol en medio de la tormenta. El viento en la cara. Los muchos años y los pocos. Los amigos que amortiguan la caída. La familia que no se elige pero te elige. El sonido de esa canción. La vida.

Inalcanzable y lejano se escurre entre horas sin sueños ni descanso. No alcanza. Se apura entre la gente que lo busca y corre sin mirar a nadie. Es capaz de volar ; viaja con el viento. Los dos se alejan y se ríen cómplices mientras los días pasan y los minutos no saben, no entienden ni porqué.

Tiempo?: receta milenaria que permanece oculta entre almanaques y relojes. Alquimia misteriosa de necesidades y deseos. Dimensión intangible que marca el latido del alma humana.

Una rampa obstruida o un corazón roto. Un laberinto de trampas que lleva a ninguna parte. Una sonrisa que es mueca, una puerta cerrada. Una panza vacía o un vacío en la panza.

El príncipe que no es príncipe y no lo dejan ser princesa. El amor que se fue y el amor que espera. Una corona de espinas que pincha las ideas. Un libro que nadie abre por temor a que se encienda.

Una acuarela sin colores que no encuentra su tela. Un río que se seca, una luna que desvela.

Una ilusión que se fue y la genialidad que no llega.

No es el tango. Son reales. Son ellos.

Los mareados son esos que caminan por ahí sin saber a dónde van. Para la esquina, para la izquierda, para la derecha: imposible de decifrar su rumbo.

Los ves en todas partes, con mirada perdida a veces, caminan hacia ningún lado para llegar antes.

Visten de blanco, de negro, de verde y de violeta. A cuadros y con flores también. Y cargan sus bolsos repletos de sueños viejos y húmedos para dejarlos perdidos en ninguna parte.

Y de pronto pasa algo y paran y miran y se quedan mirando eso que pasa. Son testigos mudos que miran y no hacen nada. Como estatuas miran y miran.

Termina el día. Y los mareados regresan a alguna parte porque mañana hay que seguir caminando…