Una rampa obstruida o un corazón roto. Un laberinto de trampas que lleva a ninguna parte. Una sonrisa que es mueca, una puerta cerrada. Una panza vacía o un vacío en la panza.

El príncipe que no es príncipe y no lo dejan ser princesa. El amor que se fue y el amor que espera. Una corona de espinas que pincha las ideas. Un libro que nadie abre por temor a que se encienda.

Una acuarela sin colores que no encuentra su tela. Un río que se seca, una luna que desvela.

Una ilusión que se fue y la genialidad que no llega.

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No es el tango. Son reales. Son ellos.

Los mareados son esos que caminan por ahí sin saber a dónde van. Para la esquina, para la izquierda, para la derecha: imposible de decifrar su rumbo.

Los ves en todas partes, con mirada perdida a veces, caminan hacia ningún lado para llegar antes.

Visten de blanco, de negro, de verde y de violeta. A cuadros y con flores también. Y cargan sus bolsos repletos de sueños viejos y húmedos para dejarlos perdidos en ninguna parte.

Y de pronto pasa algo y paran y miran y se quedan mirando eso que pasa. Son testigos mudos que miran y no hacen nada. Como estatuas miran y miran.

Termina el día. Y los mareados regresan a alguna parte porque mañana hay que seguir caminando…