Atrás quedaron Beijing y su muralla, la ciudad prohibida bajo un diluvio, el palacio imperial, el templo del cielo, la ceremonia del té y el pato pekinés.

Ahora el tren bala hacía lo suyo para llegar a Xi’an. A 300 kilómetros por hora, desbordaba de chinos y un par de occidentales además de nosotros y nuestros compañeros de ruta catalanes: Cristina, Roger y Kiko a quienes inmortalicé reiteradas veces con mi cámara.

Aquí están, en el acceso de ingreso a nuestro hotel en Xi’an, posando con la roca gigante de fondo, que según la tradición ,china debe estar en todas las entradas para ahuyentar la mala onda.

La ciudad de Xi’an, llamada antiguamente Chang’an o paz eterna, fue hace mil años atrás, la capital de lo que hoy conocemos como China. Lei, el guía en español, aguardaba en la estación la llegada puntual del convoy, con un cartel que llevaba mi nombre.

Esa noche luego de cenar vaya a saber uno qué, los cinco regresamos al hotel caminando . En la caminata descubrimos una plaza, llena de familias con niños, donde unas mujeres bailaban. Eran las doce, la luna iluminaba la copa de los árboles y nadie parecía tener ningún apuro. Así entendí finalmente el concepto de “calidad de vida” luego de años fallidos de intentar comprenderlo. Al menos en Argentina, a esa hora,nadie baila en las plazas y mucho menos con niños que corren por ahí.

Pero aún no habíamos cumplido el objetivo que nos había llevado hasta esta misteriosa localidad de oriente. Lo cierto es que todos los que estábamos allí teníamos un mismo plan: encontrarnos con el poderoso ejército, de más de dos mil años, que custodiaba el mausoleo del Emperador Qinshihuang.

Si no fuera porque los soldados están hechos de arcilla modelada y endurecida en un horno a mil cien grados, darían miedo: sus expresiones y tamaño son de escala y realismo humano.

Los guerreros de terracota, encontrados hasta ahora, son unos seis mil y en algunas de las fosas excavadas se los puede ver acompañados de carruajes con caballos, armaduras, armas de bronce y otros objetos. Pero: qué hacían tremendas esculturas en piedra enterradas, cinco metros bajo tierra, durante miles de años?

Lo cierto es que el primer emperador de la historia de China ordenó a sus súbditos construir este ejército de arcilla para que, una vez muerto, lo acompañaran en su viaje al “más allá”.

Se ve que no pudieron acompañarlo, ya que siguen en Xian y muchos de ellos a la espera de ser descubiertos por los laboriosos arquéologos y especialistas que continúan trabajando en las excavaciones.

Salimos de aquel mausoleo impactados, pero con aliento para seguir la aventura. Líen y su incesante sonrisa nos guiaron hacia la Pagoda de la Oca Silvestre, situada en el templo Da Ci’en, otro increíble tesoro de la China. Consta de 7 pisos y fue construida en el año 648. En el medio del templo nos sorprendió esta antigua y desmesurada campana que solían utilizar los monjes budistas para llamar a la oración.

Ahora si el paseo llegaba a su fin pero el amigo Lien aún tenía para nosotros una última maravilla escondida en su manga. El cierre del día en la Muralla de Xi’an, llegar y subir la empinada escalinata .

Y como si fuera un milagro inesperado , allí en la cima, saborear un rico capuccino, con la vista perdida en la puesta del sol, mientras una simpática y audaz joven china nos retrató muchas pero muchas veces entre filtros y clicks.

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Tal vez el secreto mejor guardado de esta ciudad de 22 millones de habitantes sea su orden y limpieza. O quizás el caos de tránsito que no registra accidentes ni muertes en su estadística. O sus 16 líneas de subte lo que la convierte en dueña del servicio de metro más extenso del mundo. Otros podrán decir que es el pato laqueado, una receta del siglo 18.

Pero para nosotros no es nada de todo eso .La Gran Muralla China es sin duda la protagonista de la capital de China que data del siglo quinto antes de Cristo. Es patrimonio de la humanidad y una de las Nuevas Siete Maravillas del Mundo. La construcción fue la respuesta a la necesidad de evitar los ataques de los mongoles. Hoy es un reflejo de la época y el poder que las sucesivas dinastías imperiales tuvieron por aquellos días.

Mucho se dice de la extensión de la muralla: que 8.000, que 12.000 incluso que 21.200 kilómetros. Mientras dudo de estos números , Estrella, la guía china que habla muy bien español ,también pone en duda que sea la única construcción hecha por el hombre que se puede ver desde el espacio. Lo que sí es un hecho es que “Es un gran cementerio”, cómo nos asegura esta joven oriental con expresión seria, escondida debajo de su sombrero de bambú.

Es que esta interminable arquitectura de piedra caliza, arcilla y ladrillo alberga la vida perdida de más de un millón de chinos que trabajaron para levantarla.

Luego de disparar más de mil fotos, con la esperanza de inmortalizar , en alguna de ellas, un trocito de uno de los momentos más emocionantes de nuestras vidas, iniciamos la bajada que, advertencia de por medio, es mucho más peligrosa que la subida. La razón? Es en extremo empinada y los escalones desgastados por los miles de años y pisadas son de diferentes tamaños y con el tiempo fueron adoptando formas caprichosas.

To be continued…

Con muchos prejuicios y poca expectativa la China esperaba agazapada. Treinta horas de vuelo fueron suficientes para querer llegar al país de oriente que llaman emergente.

“No me gustan los chinos. Los chinos son sucios. Son maleducados y escupen. Tienen olor.” Estas particulares características y otras más son las que muchos le atribuyen a este pueblo, sereno, amable, respetuoso , trabajador, milenario.

Blanca, esperaba en el primer destino, estaba allí, casi invisible, sin saber que habita el pais más poderoso del mundo.

Era el punto de partida de un viaje inolvidable, de aprendizaje, de sorpresas y emociones. Habíamos llegado a la China inesperada.

Lo inesperado que pulveriza todo. Ayer quedaron hijos que amar, vida que soñar. Un mensaje sin mandar, una historia sin contar. El pecho aplastado no puede respirar. El alma rota no encuentra sus pedazos. No entiende de finales sin final. Las palabras mudas que quieren decir . La canción sorda que no tiene fin. Y un montón de vida apilada , justo ahí.

Herida que no cierra. Odio macerado. Plato con sabor amargo y rancio. Una piedra que aplasta el alma humana.

Oxida todo a su paso hasta corroer los más nobles sentimientos.

Con paso acelerado puede encontrar el camino al corazón y desarmarlo pieza por pieza hasta dejarlo inerte, gélido, petrificado.

No entiende razones. No puede. No quiere. Muere ahogado en su rabia y agoniza víctima de su traición. Destila veneno de oscura mirada, paralizado por ya no sabe qué.

No hay perdón, no hay olvido: solo un desierto de arena negra, espejo de su propia oscuridad.

E8BE2E27-C87F-45B6-9F8C-60329FB6AE7D.jpegRegreso a las carreteras de la mente pero esta vez como oficinista que llega tarde.

Por la ventanilla y a toda velocidad pasan los paisajes, los escenarios, los extras, las penas, alegrías, los olvidos.

Se hace tarde. Pero: para qué? Miro con atención a ver si pero no está ahí. Un semáforo rojo detiene la marcha y levanto el pie del acelerador. Espero con ansiedad infinita que llegue el verde. Los minutos parecen años. Por fin verde y acelerador a fondo. A ambos lados de la ruta vuelan fotografías de mi vida: niño, joven, hombre, adulto, anciano, hijo, novio, padre, abuelo, hijo, niño. Niño, niño…. Sí! Ahí está. Lo puedo ver a lo lejos, en esa curva cerrada donde se esconde aquel jacarandá de flores lila intenso.

Tenía una cita con aquel niño que fuí y que busco,sin suerte, por años. Él estaba ahí,con sus medias tres cuartos y su pantalón corto. El mechón rubio y la cara llena de sol. La pelota en sus manos y esa expresión de recreo en los ojos. El auto frena de golpe, justo en la curva.

Lo perdoné. Le dí un abrazo fuerte como ese que recibí de mi abuelo una vez . Un abrazo infinito que terminó en llanto, en alegría. Te perdono- dije. Estoy muy orgulloso de vos.

Con su mirada infinita sonrió y se prendió de mi cintura sin soltarme. Gracias!- me dijo. Y un peso gigante que llevaba en la espalda cayó y la tierra tembló entera.

Se despidió de mí moviendo su mano derecha y mirándome fijo por encima de su pequeño hombro. Y después corrió hacia el horizonte , pateando su pelota, hasta que lo perdí de vista.

Ahora el viaje de regreso por la misma autopista de la mente. La misma pero distinta. Algo había cambiado. Había cambiado todo.